Villa Madero: 16 años sin salir de su casa

25 de junio de 2017

Por Gisele Sousa Dias para Infobae

Nancy pone la pava y saca una naranja de la heladera. Tiene tres hijos, se los ve sonreír en los portarretratos. Por eso, mientras corta la cáscara de la naranja en espiral para ponerle al mate, dice lo que dice: “Yo no tenía un ataque de pánico de vez en cuando. Eran como las contracciones antes de un parto: terminaba uno y mientras trataba de recuperarme, empezaba el otro. En cada uno sentía que estaba teniendo un infarto. Y tenía por lo menos 25 ataques de pánico por día”. Después lleva la bandeja a la mesa, busca galletitas, acaricia a sus perros, va y viene por su casa: ésta es la misma casa que, durante 16 años, fue su refugio y a la vez, su cárcel.

Nancy Salas tiene 39 años y un diagnóstico que escuchó en septiembre, cuando empezó su recuperación: “Trastorno de pánico severo con agorafobia”. Es decir, tenía tantas crisis de pánico y tanto terror de tenerlas en la calle -en el colegio de los chicos, en el supermercado, en un colectivo- que se encerró, literalmente, en esta casa de Villa Madero.

Hubo una primera vez, cuando tenía 23 años: Nancy se agachó a bajar la música y, cuando se incorporó, vio todo negro. “Se me habían tapado los oídos, las personas se deformaban cuando me hablaban. Sentía tanta presión en el pecho que creía que me iba a explotar el corazón”. Terminó en una guardia y en la guardia le dijeron que no tenía nada.

La cadena, sin embargo, ya se había activado: cuando terminaba un ataque de pánico, el miedo que sentía de tener otro desencadenaba, precisamente, otro ataque de pánico. Lo que sentía era un mareo incontrolable, me desequilibraba y ahí empezaba a asustarme. El corazón empezaba a latir a mil, me faltaba el aire, y sentía el sudor frío que me caía por la espalda”.

Lo primero que hacía era ir al baño, mojarse la cara y pellizcarse con saña los brazos. “Es que no sentía el cuerpo”, cuenta. Después muestra las cicatrices: las marcas de las uñas, clavadas hasta sangrar, y una marca pequeña y redonda del día en que se quemó con un cigarrillo para tratar de sentir el cuerpo. “La sensación es que yo me iba haciendo chiquita y el resto iba como desapareciendo. Por eso sentía que me iba, que me estaba muriendo, que estaba saliendo del mundo”.

Esa sensación la obligaba a tener que agarrarse de algo todo el tiempo. Y esas son las imágenes más tristes que tiene de esos 16 años: ella tirada en el patio boca abajo, empapada y tratando de aferrarse al suelo, es una de esas imágenes. El médico clínico, el neurólogo, el cardiólogo seguían diciéndole que no tenía nada.

“He llegado a estar 3 o 4 meses encerrada en la pieza. Bañarme me provocaba mucha ansiedad, porque estaba desnuda y si tenía que salir corriendo a una guardia, no podía. Llegó un momento en el que dije ‘bueno, estoy loca’. Y llegué a pedir por favor que me internen en el Moyano”.

Para ese entonces, Nancy evitaba comer por temor a atragantarse y ya había atravesado una de las partes más difíciles de su enfermedad: un embarazo con varias crisis por hora y sin poder tomar medicación, un parto y un ataque de pánico sucediendo al mismo tiempo.

Nancy no volvió a salir sola a la calle: “¿Viste cuando te ponés los lentes de alguien que usa mucho aumento? Bueno, en la calle sentía eso: que la gente se deformaba, que los edificios se me venían encima y que en el piso no pisaba nada: había un abismo que me tragaba”. Por eso llegó un momento en el que ya no pudo ni salir de su habitación. El abismo en el suelo también estaba en los tres metros que hay entre su cama y el comedor desde donde ahora cuenta su historia a Infobae.

En el camino, se fue perdiendo de todo: “Pasé 16 años sin festejar un cumpleaños. Me perdí de llevar a mis hijos a una plaza, de poder llevarlos tranquila al colegio, no pude trabajar y no pude estudiar. No recuerdo en todos esos años un momento de placer”. Y lo muestra con un ejemplo: “Si me hubieran regalado pasajes a Roma, que es el lugar al que siempre quise ir, habría dicho ‘no los quiero, quiero estar en mi pieza, acostada’.

Nancy estaba convencida de que era la única persona en el mundo a la que le pasaba eso. Hasta que un día de septiembre de 2016, mirando Facebook vio que existía una Fundación llamada Fobia Club en la que había talleres grupales a los que iban otras personas a las que les pasaba lo mismo. La llevó Damián, su pareja, y como no encontró donde estacionar la dejó a una cuadra: Nancy caminó la cuadra entera agarrándose de las paredes de los edificios.

Gustavo Bustamante es doctor en psicología, especialista en trastornos de ansiedad y parte del equipo de médicos que la atendieron. Y lo que explica a Infobae es el por qué de la sensación de infarto. El cuerpo está reaccionando para huir del peligro: es como si se preparara para salir corriendo porque tiene un león parado al lado. Aunque el león no exista, las sustancias que se dispararon para huir, provocan los síntomas en el cuerpo. Alguien que empieza a sentir esa tensión en el pecho, taquicardia, temblores, sudor, agitación extrema y debilidad en las piernas, cree que está por tener un ataque cardíaco: nunca tuvo un infarto pero así es como lo vio en las películas”.

Según la Asociación Americana de trastornos de Ansiedad, entre el 5 y el 8% de las personas en el mundo van a sufrir, a lo largo de su vida, un trastorno de pánico con agorafobia. Por lo general, suceden juntos. La agorafobia -el terror a andar en solitario por la calle o a estar en un lugar del que no se pueda escapar- es seis veces más frecuente en mujeres que en hombres. La enfermedad tiene un nombre que se usa livianamente -“tuve un panic attack”- pero es tan invalidante que es considerada una forma de discapacidad.

Nancy llegó al grupo y lo primero que hizo fue agarrarse de la mesa. “Y cuando me presentaron a alguien que había tenido lo mismo que yo, uh, me largué a llorar. Pero no de tristeza, tampoco de alegría, lo que sentí fue esperanza”. Así, empezó un tratamiento con una psicóloga, una psiquiatra, medicación y talleres grupales. Tres semanas después logró hacer algo que había dado por perdido.

“Tomé mi primer colectivo”. Fue un viaje de Recoleta hasta Parque Patricios acompañada de los profesionales del grupo. “Cuando bajamos volví a llorar, estaba tan emocionada que los hice llorar a todos. Hacía 16 años que no me subía a un colectivo”. Y así empezó a recuperarse: a los dos meses de iniciado el tratamiento, logró viajar en subte y hacer combinaciones. En marzo de este año, volvió a sentarse en un aula para terminar el secundario. El jueves que viene sí habrá un festejo: cumple 9 meses sin ataques de pánico.

Me siento como un chico que recién empieza a caminar, que quiere ver todo y que escucha todo. Siento como que estos 16 años estuve en coma y ahora me desperté, pero me quedé en esa edad. Entonces a veces me dicen ‘que chiquilina que sos’, porque yo jodo todo el tiempo. Como si de verdad tuviera otra vez 23 años”. La carpeta del colegio habla de eso: tiene florcitas, como la de una adolescente.

El mate se lava y Nancy vuelve a la cocina. Lo que logró no se vería en la típica foto de Facebook: no escaló una montaña, no corrió una media maratón ni se recibió de nada. El camarógrafo le pregunta si puede salir al patio: es el mismo patio en el que ella se tiraba todos los días, como un soldado en un bombardeo, para evitar la muerte joven. “Ay no, que me da un ataque”, se ríe ella. Y apenas se ríe se acuerda de eso: reírse con ruido, esto también es nuevo.

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Author: de La Matanza

Noticias. Análisis. Investigación.

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